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domingo, 7 de agosto de 2011

La universidad dentro de la universidad

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Esas cosas que antes de entrar a la facultad nos hubiera gustado leer. Y luego de graduados, nos hubiera gustado escribir.

Para quienes nos han preguntado por algún consejo para transitar por la carrera, les ofrezco este maravilloso pasaje que no me pertenece:

Si la universidad en que entras te decepciona, como ocurrirá si eres una persona que piensa con claridad y por sí misma, toma nota de que por debajo del gris ambiente dominante suele haber una universidad dentro de la universidad. Está construida por estudiantes que no se conforman y tratan de aprender realmente, por algunos profesores que están dispuestos a enseñar y aprender y a contarte tanto lo que saben como qué no saben, por actividades de naturaleza cultural que no siempre aparecen en los programas oficiales de estudio. Esa universidad interior cuenta también con las bibliotecas donde cada uno trabaja en solitario; con compañeros con los que se trabaja realmente en común. Lo mejor que puedo aconsejarte, ahora que empiezas, es que recuerdes siempre que trabajas para ti mismo (no para satisfacer a tu familia o a tus profesores), y también que busques esa universidad escondida y que formes en seguida parte de ella.

Juan Ramón Capella. "El aprendizaje del aprendizaje. Una introducción al estudio del Derecho". Madrid:  Trotta. 2009; p. 24.


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martes, 27 de abril de 2010

Capella sobre la dogmática

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Leyendo "Elementos de análisis jurídico" de Juan Ramón Capella (algo de él ya escribimos acá, respecto de otra de sus obras), encontré algunas ideas interesantes sobre la función de la dogmática jurídica y la recontra aburrida discusión ad flatum sobre si el derecho es o no un saber científico.

De todas las posturas (cuya síntesis prefiero obviar para no aburrir) ésta tiene un color bastante interesante, probablemente por la marcada tendencia marxista que el autor deja entre ver en algunos de sus párrafos.

Para el autor, la dogmática jurídica reproduce una técnica de dominio social (a.k.a. "derecho") que no pone en jaque ni cuestiona. Así, el doctrinario es un mero teólogo de la norma; reproduce un metalenguaje normativo falsamente objetivo que cumple una función similar a la que un religioso cumple al reproducir los dogmas que dan sustento a su religión.

Desde esta perspectiva, la doctirna jurídica es esencialmente apologética por lo que jamás podría considerarse como un estudio científico, tal como un religioso jamás puede analizar con rigor científico el discurso que, por su condición de tal, debe reproducir, pero nunca cuestionar.

Sólo sería posible, dice el autor, que se confeccione una suerte de sociología del derecho, o perspectiva histórica (y externa) del fenómeno jurídico, tal como un sociólogo puede estudiar a la religión, sin que ello suponga aceptar ciégamente los dogmas, sino analizarlos, entender su lógica interna, su devenir histórico, etcétera.

Acá lo expone muy clarito:

"Cabe preguntarse, entonces, si el artificio social que es el derecho se puede estudiar con intención científica y no técnica. La respuesta es obviamente afirmativa, pero el resultado de tal estudio es un saber acerca del derecho completamente distinto del que posee la doctrina jurídica (aunque no inútil para ella, por otra parte), de la misma manera que el saber de un sociólogo sobre las religiones es completamente distinto del discurso teológico. Y, justamente, esta analogía no es causal, dada las funciones sociales de la religión. El estudio científico de ese producto de la imaginación social de primera magnitud que son las religiones se realiza adoptando un punto de vista eterno a cada una de ellas, esto es, sin necesidad de prestar adhesión a sus dogmas básicos, aunque sin ignorar el punto de vista interno —o sea: el científico habrá de tomar en consideración, por ejemplo, la lógica interna de los dogmas—. Pues bien: el estudio científico en sentido estricto del derecho puede realizarse, analógicamente, adoptando un punto de vista externo —el histórico, fundamentalmente, pero no sólo este— sin ignorar la lógica de las determinaciones de la técnica jurídica de dominio" (Ob.cit., p.150)

No sé. Me pareció interesante.


Referencia: el libro se llama "Elementos de Análisis Jurídico", de Juan Ramón Capella. Lo edita Trotta, en españa. Link acá.

jueves, 18 de febrero de 2010

F.A.Q. para futuros estudiantes de derecho v2.0

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Hemos recopilado unos cuantos correos que nos han llegado, con más la siempre divertida estadística que nos informa cómo es que la gente llega a este blog (lo cual nos da una pauta de qué buscan, qué quieren, qué preguntas se hacen, etc.).

Consecuencia de ello, sacamos la v2.0 de nuestro F.A.Q. (a.k.a. preguntas frecuentes) dirigido a futuros estudiantes de derecho, personas que piensan que tal vez estudien derecho, personas que ya están estudiando las primeras materias, etc. La primera versión se puede ver acá.

Como siempre, el disclaimer: el lector deberá ser advertido de que las respuestas que aquí doy no pretenden ser máximas universales aplicables a todo supuesto. Por el contrario, son antes que respuestas, meras opiniones; siempre abiertas a refutaciones o comentarios.

Veamos:

1) ¿Qué tengo que estudiar para ser abogado?

Esta pregunta es, si se quiere, la más naif de todas. Pero —sorpréndanse, sí— es la que más se hacen los que aun no están estudiando derecho (google no miente).

¿Qué hay que estudiar para ser abogado? Bueno, la respuesta es simple: hay que estudiar derecho (o leyes, es lo mismo). Finalizada la escuela, hay que ir a una Universidad (hacer el ingreso, si tiene) y anotarse en la carrera de Abogacía, perteneciente, generalmente, a la facultad de derecho y ciencias sociales, o nombres análogos.

En otros países es similar: escuela de leyes, licenciatura en derecho, etc. No todos dan el mismo título y a veces la práctica de la profesión (abogado) necesita de una matriculación, o de un examen, o de otros estudios, etc. Invito a personas de otros países a comentar cómo es —si es que lo conocen.

Acá en Argentina es bien simple: se termina el colegio secundario, se ingresa en una Universidad donde estudiás la carrera de “Abogacía”. Se termina y se tiene el título de Abogado. Habrá que matricularse en el colegio profesional donde se quiera ejercer y sanseacabó. Para ser juez, fiscal, escribano también hay que ser abogado (vaya confusión). Mejor dicho, esas tareas también necesitan de conocimientos sobre derecho y la única manera de acceder a ellos es estudiar abogacía por más que no vayan a ser efectivamente abogados.

  • Resumido: los abogados estudian derecho en las universidades.


2) ¿Qué consejos dar a quien empieza a estudiar derecho?

Ésta nos llegó por mail; de varias personas.

Es difícil dar un consejo en la medida de que el estudio, la forma de transitar por la carrera y la energía que habrá de dedicársele a ello, es muy personal y variará de lector en lector. En mi caso, dos elementos son clave: (1) Método y (2) Espacio.

Sobre el método.

El consejo básico es preocuparse lo más rápido posible en encontrar un método de estudio. Una forma regular y pensada de recopilar, adquirir, razonar y —para qué negarlo— memorizar información.

Si bien no todas las materias son iguales (no es lo mismo una materia práctica que una exclusivamente teórica), lo cierto es que todas tienen elementos en común: 1) Un material bibliográfico básico, 2) Clases que complementan ese material y 3) Exámenes que [se supone que] ponen a prueba qué conocimientos incorporamos en el curso.

De esos tres elementos tiene que surgir un método; muchas veces lo traen incorporado del colegio, otras veces hay que ir probándolo y ensayándolo hasta pulirlo.

Hay que saber elegir el material, reconocer qué clases sirven y cuáles no, y finalmente saber prepararse para un examen.

Lamentablemente en derecho (y es hasta triste escribirlo) un gran porcentaje de los exámenes son grandes desafíos mnemotécnicos y poco dejan para el raciocinio, la opinión personal y la creatividad.

Las escuelas de derecho se siguen alimentando de la máxima que dice que saber las leyes es saber derecho. Ergo, el curso tratará sobre qué dice la ley y la jurisprudencia sobre un fenómeno o instituto (v.gr. “contratos”, “derechos reales”, etc.) y el examen será reproducir aquéllos datos conforme preguntas que no van más allá de pedir la literalidad de la norma o del fallo en cuestión.

Mi caso particular. El falso profesor. En mi caso, siempre tuve un método cuya eficiencia nunca dejé de poner en tela de juicio, aun que me dio muy buenos resultados. Me conseguía la obra cabecera de la materia, el programa de estudio del curso, y hacía (hago, no sé por qué uso el pretérito) mis propios resúmenes en la computadora: unidad por unidad. No es raro que me quede el resumen más largo que el material original (dado que uno suma, fallos, explicaciones propias, opiniones de otros autores, etc.).

Siempre intenté que una o dos semanas antes del examen, tuviera ya todo resumido (los docentes avisan con tiempo, por lo general, hasta qué unidad o tema se toma en el examen). O sea que de la etapa de buscar-leer-interpretar-resumir, paso a la etapa de “fijar”. Fijar es la peor etapa: memorizar.

Para eso uso un método que siempre me ha servido mucho: doy clases al aire. Me explico: imaginemos que tengo un resumen de la unidad “condominio” en la materia derechos reales; lo que hago es tomar una o dos hojas de mi resumen (hojas A4), las leo en voz alta, giro la silla y me pongo a hablarle a la pared sobre lo que acabo de leer, tal como si estuviera rindiendo un oral frente a un trío de profesores de mala cara.

Si estoy muy aburrido, tal vez haga lo mismo caminando por la habitación e imaginando que estoy dando clase. Ambas situaciones —por payasezcas que parezcan— tienen el elemento en común de no dar margen para el titubeo, el discurso vacilante o confuso. Por el contrario, al dar oral o enseñar, hay que ser claro, conciso, dubitando lo menos posible. Eso me “fuerza” indirectamente a leer de reojo la hoja cuando no estoy seguro de algo y seguir avanzando. Al cabo de unos minutos de hablar, me doy cuenta que esas páginas que le charlé a la pared ya están aprendidas y puedo explicarlas perfectamente en un examen.

Con el pasar de las horas iré avanzando con más páginas y unidades. Al día siguiente repaso lo ya visto y sigo avanzando. Los últimos días intento que sólo sea repasar y lograr seguridad para sentarme a escribir o dar oral.

Siempre trato de hacer un uso meditado del tiempo y de los descansos. El tiempo de estudio sigue el principio de la utilidad marginal decreciente. Por más que querramos estudiar mil horas seguidas, llega un punto donde nuestra capacidad de incorporar y razonar empieza a decrecer hasta que ya estamos zombis; hay que parcelar bien el tiempo y hacer pausas de tanto en tanto para distraerse.

Es verdad que con el paso de los años, y dado que siempre trabajé mientras estudiaba, uno empieza a tener menos tiempo y el método se va haciendo cada vez más complicado de seguir. Pero la mayoría de las materias, las más complicadas y largas las hice de esta forma y tuve muy buenos resultados.

Una externalidad ciertamente positiva de mi método es que mi oratoria mejoró mucho y no tengo el más mínimo nervio cuando me siento a dar un oral. Más aun, como persona que escribe muy lento con lapicera, prefiero siempre dar oral antes que escrito.

En suma, no sé si es un buen método, pero a mí me funcionó maravillas. Es el que creé y que me funciona. Otros fotocopian el libro y marcan con colores; luego repasan y ya están listos. ¡Los envidio! Mi memoria apesta, por lo que necesito todo aquello otro que expliqué para poder comprender, adquirir y memorizar información.

Sobre el espacio

Uno no siempre vive en lugares que nos brindan la soledad, tranquilidad, silencio y paz que el estudio merece. Pero creo que en lo posible hay que tratarse de hacer un lugar de estudio cómodo. Si es allí donde van a pasar horas y horas de sus días por varios años, es mejor que sea un lugar donde nos guste estar, donde estemos cómodos.


3) ¿Gastar plata en libros?

Los libros jurídicos son carísimos. Incluyendo los que están destinados a un público estudiantil. Peor aun, incluyendo muchos de los que, escritos por profesores educados y educadores en universidades públicas, están dirigidos a estudiantes universitarios.

Estudiar aun de fotocopias sale caro. Estudiar es carísimo. En los casos en que no hay posibilidad alguna, nada hay para discutir, puesto que comprar los libros originales no es opción.

Ahora, también es cierto que los alumnos suelen tener un dinero disponible pero sus decisiones de consumo se orientan en otros sentidos, muy loables por cierto (v.gr. joda los fines de semana, ropa, hobbys, etc.).

Por eso, en los casos donde hay una plata que podría ser asignada a bibliografía original, yo sí recomiendo comenzar desde el vamos, a adquirir material. Ir armando la bibliotequita desde que se comienza la carrera. Es la mejor opción, si es que ello es posible, insisto.

Los libros van en la columnita de las inversiones, no de los gastos. Son un capital y no duden un segundo que al terminar la carrera le van a sacar provecho. De no hacerlo, tienen buen valor de reventa y pueden liquidarlos para recuperar algo de lo que invirtieron.

En mi caso opté por ir comprando de a muy poquito. Haciendo gastos en la medida que mi limitadísimo presupuesto me lo permitía. En cada curso —que me reportaba cierto interés— me tomaba el trabajo de averiguar cuál era la obra que cumplía con al menos dos requisitos: completa y actual. Elegí Pizarro-Vallespinos en obligaciones, Mariani de Vidal en reales, fui con Quiroga Lavié en Derecho Constitucional, con Richard-Muiño en sociedades, Alterini en contratos, Cassagne en Administrativo, y un largo etc. Con el pasar del tiempo el ojo se pone más crítico; uno comienza a animarse a criticar a los autores (sí, el ser alumno no es impedimento para ello) y se va dando cuenta que algunos libros no son lo que parecían o que tal vez había mejores opciones antes que el elegido.

Estuve siempre atento a mercados de libros; librerías de usados; ciertos puestitos en ciertas plazas en ciertas zonas tribunalicias de capital (ejem); deremate.com., etc. Donde veía libro barato, bueno y tenía alguna monedita, lo adquiría. Es cuestión de estar atento e interesarse en el tema. Además, no siempre compro libros jurídicos “de los cursos”. Muchos son cuestiones ajenas a las materias, pero que me reportan interés (Filosofía del derecho, teorías de la argumentación, teoría general del derecho, análisis económico del derecho, etc.) .

La clave, entonces, es ir de a poco, comprando lo que se pueda y siempre que la compra sea a consciencia. Reconociendo que es probable que haya alguna plata asignable a libros y cuesta dejar de gastar en eso otro para invertir en el estudio. No deja de ser una decisión personal.

Después de 4 años en la facultad, miro la biblioteca y veo montones de libros. La suma de dinero que representan es sideral. Por eso nunca se crean la auto-mentira de “cuando me reciba y vea un pesito, me empiezo a comprar libros”. No, no van a poder comprar todo junto; peor aun: para ver algún mango, van a necesitar de esos libros cuya compra fueron postergando.

Al entrar al poder judicial, por la tarea que me tocó hacer, los libros fueron mi herramienta principal. Sin ellos, estaba frito.

5) ¿Qué cursos elegir?

Hay que tener en cuenta que estudiar sale caro. El estudio es una inversión de mucho tiempo y mucho dinero (el costo de oportunidad de cinco años de estudio donde asignamos todo nuestro tiempo y dinero a una carrera, es ENORME). Bien podríamos conseguir un trabajo de buena paga y tener mucha plata en el bolsillo. Pero no, preferimos estudiar.

Partiendo de esa base, y con más la suma de que somos privilegiados de estudiar frente a otros que no pueden hacerlo (la universidad es falsamente pública y falsamente gratuita), lo que conviene es tener en claro desde el primer momento qué queremos hacer con nuestro paso por la carrera.

Esto ya lo hablamos acá al preguntaron si la carrera era fácil o no. Bueno, complementamos lo que allí dijimos. Si uno va por la vida averiguando en foros, centros de estudiantes o pasillos cuáles son las materias fáciles, robables, aquélla con las que rápidamente podemos zafar, lo cierto es que estamos tomando la peor y más ineficiente decisión sobre qué hacer con nuestros dos recursos escasos: el tiempo y la plata.

El teorema del estudiante medio debería ser “lo que no estudiás hoy por vivo, lo vas a tener que estudiar mañana”. Si bien es verdad que cuarenta “cuatros” pueden hacer un abogado recibido (en un gran porcentaje de las universidades de nuestro país), lo cierto es que pasar por la facultad raspando pésimas notas y sin aprender absolutamente nada, nos va a generar la necesidad de que al momento de tener que trabajar, haya que estudiar —o aprender— todo de nuevo.

De lo que digo no debe hacerse el argumento a contrario que significa que si uno estudia y saca lindas notas, cuando termina la facu sabe todo y es un genio. Para nada. Mi argumento no debe ser reducido al absurdo. Lo que digo es que de alguna u otra manera la falta de dedicación tiene un efecto directo en el conocimiento general que se tiene del derecho cuando uno termina la carrera y tiene que salir a trabajar.

Es más, el promedio y el analítico con las notas que uno obtuvo en cada uno de los cursos es carta de entrada para las becas, concursos de oposición y antecedentes para cargos docentes, y —obviamente— para entrar a un trabajo “abogadil”. Las notas son mentirosas y no son indicadores directos de la realidad. Pero son indicios de que la persona algún esfuerzo hizo y eso, algún resultado ofreció.

Como me dijo un abogado y docente: “entre dos desconocidos que entrevisto, uno con promedio 4.90 y el otro 7.60, ¿a cuál elegirías?”.

  • Resumiendo: elegir cursos donde se aprenda y cuidar las notas. Cuidado con la radio pasillo y el chusmerío. Generalmente es errado, impreciso y guía de pésimas decisiones.

La seguimos en los comments y en futuros faq´s.

sábado, 3 de mayo de 2008

Cómo estudiar derecho sin hastiarse

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Este es el rótulo que le asignaba Juan Ramón Capella a uno de sus capítulos de su pequeña gran obra El aprendizaje del aprendizaje.

Es un librito cortito y al pie; con una prosa confidencial y casi familiar. El autor le habla directo al lector-estudiante, sin más, sin formalismos. Abunda el modo imperativo, el consejo, la broma, la confianza; como si fuese un susurro repleto de ideas valiosas para poder enfrentar tanto el estudio como la vida universitaria íntegra.

Si bien este librito va a dar mucha tela para cortar en este blog (sobre todo el fuertísimo primer capítulo respecto de los bienes de cultura en una sociedad de clases), nos quedamos ahora con un par de ideas para estudiar derecho sin hastiarse.

Veamos:

1. Ir a la facultad lo imprescindible.

Si se entra al aula, ello debe ser porque lo que se explica debe ser digno de nuestra presencia o porque es necesario para aprobar. Uno sabe claramente con tan solo 15 segundos de escuchar al abogado que da la clase si ésta habrá de ser una buena inversión de tiempo o un calvario que –con suerte– derivará en una siesta (si la ubicación de nuestro pupitre lo permite).

Pero claro, la trampa de las asistencias y su régimen calienta bancos nos toma por detrás: muchas clases son malas pero lo peor es que hay que presenciarlas. Hay que ir y decir “presente” (los más atrevidos usan el “acá”) para mostrar cuán firmes estamos en el seguimiento de la materia. ¡Vaya trampa! Lo primero que uno piensa en una situación así es “¡cuánto jugo podría sacarle a esta hora y media si estuviera en mi casa o en la biblioteca!”.

Como sea, a no sufrir. Si se puede faltar las clases prescindibles, hacerlo. Pasar tiempo en la biblioteca o en el bufete con alguna lectura puede ser mucho más redituable y ayuda a no fastidiarse.

2. No pretender aprender y tener buenas notas al mismo tiempo

Acá el autor toca una fibra sensible. Y es que realmente queremos aprender Y tener buenas notas; gustamos de ellas, vigilamos el promedio. Pero sí es verdad que las notas no reflejan nada más que el azar y sólo en excepción refeljan el esfuerzo. Una nota es resultado de un conjunto de circunstancias que se reúnen en un lugar y en un tiempo determinado que permiten atribuir a nuestro conocimiento un valor numérico determinado. Tomás sabe 8 (ocho) de Administrativo. Cayo sabe 2 (dos) de Procesal Civil.

He aquí una obviedad: son injustas las notas, claro; pero también se puede tener gusto por ellas y tomarlas como un desafío. Buscarlas, ingenuamente, para lograr mejorarse a uno mismo. Si uno da un buen examen, cita a más autores de los dados, si cambia el libro de la cátedra por otro mejor, si menciona el artículo del Código pero también lo que dijo Vélez en su nota, si se hace un poquito más que la media todo eso redunda en un docente que –si se tiene suerte- lo habrá de notar, y actuará en consecuencia. Quienes escribimos este blog hemos festejado todo tipo de notas:

1. El 10 (diez) que sale del examen demasiado fácil. Vulgarmente conocido como "robo"
2. El 10 (diez) que sale del examen para el cual uno se preparó con empeño. Es el que más vale y el que uno más festeja.
3. El 2 (dos) inmerecido. Quién sabe qué pasó, mal día o mal humor del profesor. No se entiende el por qué.
4. El 2 (dos) merecido. Poco tiempo de estudio, cuestiones que impidieron preparar bien la materia: desinterés, problemas personales, coincidencia con fechas de otros parciales, etc.

En sumario: la nota que revela el esfuerzo es la excepción. Y ojo: vale la pena buscarla; si uno se esfuerza se puede vencer al azar e intentar tener un buen promedio. Esto último confiamos en que puede tener ciertos beneficios a futuro (acceso a alguna beca, trabajo, investigación, mero orgullo personal,etc.). Si bien el autor considera a las buenas notas y al aprendizaje una realidad casi incompatible nosotros preferimos no ser tan rigurosos. Simplemente no tenerlas como único fin ni deprimirse demasiado cuando ellas no hacen justicia.


3. No angustiarse con las preocupaciones de estudio ajenas. Aun siendo individual el aprendizaje, sumarse con otras personas o profesores en el camino


Este es un tema que surgió en algún comentario a una entrada de Gustavo Arballo en torno al por qué estudiar derecho. En ese momento decíamos algo así:

La clave para llevar una buena carrera no sólo es la elección de buenos cursos como dijo Ab [nos referimos a Alberto Bovino] sino la elección de buenos compañeros. Digo compañeros antes que amigos. Si aquéllos se transforman en éstos mejor. Pero la clave también es estar con gente que en un bufet de la facultad te haga sentir cómodo si discutís sobre bibliografía, papers, material, criticás a los profesores, y por supuesto estudiás (dentro de los límites acotados del estudio en grupo en derecho).



Y es así. El derecho se aprende solo. El estudio, a fin de cuentas, es individual. Pero el gusto por el estudio (de eso se trata este título) puede fomentarse con un grupo que incorpora la posibilidad de la discusión. De tratar temas y de intercambiar material. Eso ayuda. Y como dice el autor: no contagiarse de las preocupaciones o miserias estudiantiles ajenas. No es egoísmo, recordemos, es intentar hacer del estudio algo placentero. A fin de cuentas vamos a la facultad para aprender lo que, con suerte, nos dará de comer el día de mañana.

Al abogado que da clase no le interesa en lo más mínimo el alumno o las ganas de saber tal o cual detalle. Va, firma, da su catequesis en la hora y media, pregunta falsamente por alguna duda que alguien pueda tener y se va a hacer lo que verdaderamente le interesa (todo menos ser docente).

Pero el abogado docente sí responde cuando uno le pregunta. Sí presta libros cuando uno se los pide y sí responde el mail cuando uno se lo escribe. Damos fe de eso y creemos que ayuda mucho; inspira, motiva al alumno. Mario Pergolini siempre dice que hay mucho garca dando vueltas; nosotros decimos que hay muchos buenos docentes abogados dando vueltas también.


4. Consumir material no jurídico

Acá el autor pega en el blanco. La conciencia crítica y la sensibilidad frente a la realidad no se construyen leyendo sólo doctrina y jurisprudencia. Ver películas, novelas, cuentos, poesías, pinturas, músicas, todo ello hace al aprendizaje y a cierta madurez intelectual. Leer el diario, estar informado, saber qué pasa al rededor. Leer sus historietas, sus dibujantes, caricaturas. Ver algo de Kubrick o leer algo de Orwell puede llegar a ser un excelente complemento para el estudio, por ejemplo, de los derechos personalísimos en algún tratado de Derecho Constitucional. Consumir sólo material jurídico es el ticket directo al hastío.


Algunas aclaraciones

La distinción entre abogado docente y abogado que da clase nos pertenece y no se la imputamos al autor. El hecho de que un abogado vaya una facultad y le paguen por estar en un aula, no implica que se haga merecedor del rótulo de docente que, creemos, implica algo más que eso.

Sobre el autor, su libro, y lo demás.

¿Quién es Juan Ramón Capella? Es un catedrático de la Universidad de Barcelona, jurista, filósofo político y político filósofo. Acá hay algo más de info sobre él.

¿Dónde consigo el libro? Complicado. Puede que en alguna librería lo tengan, pero no tiene edición cercana. Lo edita Trotta en españa, por lo que conseguirlo acá es harto costoso (€).

* edit:

¿De qué trata el libro? Habla de los bienes de cultura (una visión marxista introductoria sobre la Universidad), las clases, los modos de aprendizaje, los profesores, estar en clase, los libros, los coeducadores principales, los seminarios, la ocupación del espacio cultural, exámenes aprobados desaprobados y las chuletas (machetes), la dificultad actual de la Historia del Derecho, la organización de la Licenciatura (recordar que allá uno se recibe de Licenciado en Derecho y sólo luego de matricularse se es abogado), cómo estudiar derecho sin hastiarse (fuente de la entrada), un brillante porvenir y las bibliografías. Hay pliegos con bromas, anécdotas, poesías, recomendaciones fílmicas y un enorme etc.